Pese a sus orígenes humildes, Saturnino Abuín desarrolló una brillante carrera militar combatiendo contra las fuerzas francesas de ocupación junto a ‘El empecinado’, a quien posteriormente traicionó para cambiarse de bando, dando pie a una larga trayectoria bélica.

Entre los numerosos personajes históricos con orígenes tordesillanos, Saturnino Abuín Fernández (1781-1860) destaca por haber despertado gran controversia entre los investigadores, con una enigmática trayectoria vital marcada por la aventura y la guerra. Nacido en el seno de una familia humilde de orígenes lucenses, Abuín aprendió a leer y a escribir durante su infancia, lo cual era inusual para la época. Tal y como describe el historiador tordesillano Mariano García -autor de su biografía, publicada por la Diputación de Valladolid en 2010- el padre de Saturnino, Pedro, proveía de ganado gallego a Tordesillas. Para ello realizaba numerosos viajes para traer a las reses, en los cuales le acompañaba Saturnino, que se convirtió en un hábil caballista y además adquirió experiencia guerrillera, pues en estos desplazamientos estaban expuestos al ataque constante de bandoleros y ladrones.

Saturnino era el segundo varón de la familia, y tenía un carácter dominante, lo cual le llevó a cometer el asesinato del labrador Vicente Galán Cabeza, vecino de Nava del Rey, en 1807. El suceso, fruto del efecto de la bebida y del ataque de un perro de la víctima, llevó a Saturnino a cumplir una pena de prisión, la cual duraría hasta 1809. Fue en junio de ese mismo año cuando recibió la amnistía a condición de alistarse contra las tropas napoleónicas, que un año antes habían invadido España, dando pie a la sangrienta Guerra de la Independencia. De esta forma, Abuín dejó la cárcel de la Real Chancillería de la capital y quedó encuadrado dentro de las fuerzas de Juan Martín ’El Empecinado’, emprendiendo una vida de violencia y aventura.

Por entonces, las fuerzas guerrilleras contaban con partidas armadas que hostigaban a los franceses en distintas escaramuzas y sabotajes antes de retirarse a sus escondites, dada la potencia militar de los invasores galos. Tras sorprender por sus innatas habilidades militares, Abuín fue destinado a la provincia de Guadalajara, como teniente, para combatir con los voluntarios manchegos, bajo el mando de ’El Empecinado’. En una localidad de la zona, El Casar de Talamanca, durante un combate contra una columna francesa, Abuín resultó herido de gravedad en el antebrazo izquierdo por la metralla de un cañón enemigo. Por entonces este tipo de heridas obligaban a amputar el miembro para evitar la gangrena, con lo que Abuín perdió medio brazo, valiéndole ello el sobrenombre de ’El manco de Tordesillas’. Pero la amputación no le impidió reintegrarse al regimiento, meses después, dirigiendo una de las partidas de caballería de las fuerzas guerrilleras.

Los escritos de la época describen a Abuín por su espíritu valeroso, su dureza y su carácter hosco y agrio, lo cual le dificultó el hecho de seguir ascendiendo en el escalafón militar. Poco a poco, las constantes tensiones entre los jefes de las distintas partidas, el desagradecimiento en sueldo y honores militares y el hecho de perder a dos hermanos en la guerrilla, fueron desanimando a Abuín en la causa. Así hasta que, en 1810, se unió a Vicente Sardina, Mondedeu y Nicolás Isidro en un motín contra ’El Empecinado’. Aunque se consiguió mantener el orden, esta rebelión era solo el germen del cambio de bando que se consumaría años después.

Después de seguir combatiendo eficazmente, y ascendido a capitán como premio a su intervención en la captura de Calatayud, Abuín se dejó capturar por los franceses, en 1812, jurando lealtad a José I. No hay documentos que expliquen la deserción de Abuín, que aunque fue acusado de ser comprado por los galos, posiblemente cedió ante el desánimo: por entonces las expectativas de victoria sobre las fuerzas invasoras eran mínimas, tras la caída de Valencia. Ya en el nuevo bando, Abuín diseñó una emboscada que aniquiló a la infanteria de su antiguo jefe en El Rebollar.

Ello derivó en su nombramiento por el rey José I como comandante del Regimiento de Húsares Francos de Guadalajara, con los que serviría el resto del conflicto. Pese a las perspectivas, la guerra daría un giro, y
con la derrota de Bonaparte en España, Abuín se vio obligado a exiliarse a Francia. Poco se sabe de su estancia en tierras galas, si bien el posterior pronunciamiento de Riego le permitió regresar a España en 1820. Allí, en Burgos, levantó una partida realista contra los liberales, pero fue derrotado y en 1922 volvió a Francia. Posteriormente, absolutista como era, acompañó a la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, obteniendo así el perdón de Fernando VII.

Tras su regreso a España, Abuín contrajo matrimonio con Antonia Moriano y Lara, con quien sin embargo no tuvo hijos. Su trayectoria militar continuó: con el estallido de la primera guerra carlista, Abuín sirvió a Isabel II, persiguiendo a las partidas de rebeldes que infestaban Castilla la Vieja, algunos de ellos excombatientes guerrilleros con quienes había compartido bando, como Merino o Cuevillas. Tras derrotarlos, y por sus servicios, Abuín recibió el ascenso a brigadier de caballería en 1835. Siendo comandante general de Soria, Toledo y Ciudad Real, siguió derrotando partidas carlistas, hasta que, con el fin de las hostilidades, en 1843, Abuín fue destinado a su natal Tordesillas, donde viviría cómodamente, en viudedad, hasta su muerte, en 1860. En este sentido, se dedicó a la agricultura, al tiempo que recibía abultadas rentas de sus condecoraciones militares.

Como todos los iconos de la historia, la vida de Saturnino Abuín tiene mucha leyenda negra a sus espaldas, y existen algunas diferencias y desacuerdos en la interpretación de distintos historiadores. Por ejemplo, según la Real Academia de la Historia, jamás pisó la cárcel, sino que el nombre del preso podría ser una casualidad. Pero esto se debe a que, en la época, en la hoja de servicios de los mandos militares nunca se incluían los antecedentes penales para evitar manchar el honor del cuerpo. Según Mariano García, Abuín fue “tan controvertible como heterodoxo, tan acomodaticio como intransigente, tan fiel como desleal, siempre fue libre en su proceder”. El historiador señala que el tordesillano fue un personaje a quien “todos cuantos pudieron utilizaron descarada y miserablemente para la aplicación de los métodos mas expeditivos y heterodoxos”. Una huella en la historia que ha despertado pasiones y admiración de aliados y enemigos.