Continúan las incógnitas sobre dónde aprendió el oficio el artífice más brillante de la escuela vallisoletana de la segunda mitad del siglo XVIII, autor de diversas obras emblemáticas del municipio

De todas sus personalidades destacadas, Tordesillas cuenta, entre sus principales iconos de la historia, con uno de los escultores más importantes del Barroco a nivel nacional. Nacido en 1719, y proveniente de una familia originaria de Aragón, Felipe de Espinabete llegó a convertirse en el artífice más destacado de la escuela castellana durante la segunda mitad del siglo XVIII. También fue el último artista de calidad del barroco en unos años en el que esta corriente artística languidecía poco a poco en el entorno de la capital del Pisuerga.

Vecino del barrio de Santa María, el artista se casó en el municipio cuando contaba con 24 años, con la tordesillana María Tejero, quien le dio, a lo largo de su vida, nada menos que cinco hijos. En una época en la que el arte estaba directamente vinculado con las imágenes religiosas –y en la que los encargos estaban bien pagados y a la orden del día por las autoridades políticas, económicas y eclesiásticas- Felipe de Espinabete decidió dedicar su vida a perfeccionarse en el arte de la escultura.

El artista tordesillano adquirió rápidamente un importante prestigio, y prueba de ello es que ya en 1750 el catastro del Marqués de la Ensenada le atribuye unos altos ingresos. Su máximo apogeo llegaría en la segunda mitad del siglo, gracias a sus esculturas barrocas de pasos procesionales, retablos y sillerías de coro, obras que reposan hoy en día en numerosos templos de toda la región. También, por encargo, se perfeccionó a la hora de elaborar sus famosas cabezas de santos degollados, imágenes naturalistas y extremadamente realistas de devoción de carácter privado. En general, su producción era muy variada en cuanto a temática, y además de sus encargos religiosos también experimentó con la escultura profana.

Además de trabajar la madera, se cree que Espinabete también modeló el barro y quizás tallara también la piedra, tal y como se ha descubierto en numerosas investigaciones. Poseedor de un amplio taller, Espinabete mantuvo a lo largo de su vida una nota de calidad sostenida y homogénea, exhibiendo unas características acordes con el barroco, que con el tiempo adquirieron tintes rococós. Al final de su carrera, también tuvo cierta influencia neoclásica, posiblemente fruto del trabajo de otros escultores. Ello no le impidió, en 1784, entrar en la Real Academia de la Purísima Concepción de Valladolid, donde fue elegido teniente de Dibujo tres años más tarde.

Lo cierto es que años antes, en 1747, se había mudado a vivir a la capital del Pisuerga –donde tenía su taller en la calle de los Caldereros- junto con su familia, hasta que en 1790 y tras el fallecimiento de su mujer renunció a su cargo y se instaló de nuevo en Tordesillas para vivir con su hijo Félix, párroco de la iglesia de San Antolín. Finalmente, ocho años después Espinabete regresaría de nuevo a Valladolid para terminar sus días.

Incógnitas sobre su formación

Continúa siendo un verdadero misterio el origen del aprendizaje de Espinabete. Se cree que pudo aprender en un inicio del maestro Antonio de Gautúa, que durante la infancia de Espinabete vivía y trabajaba en Tordesillas. Sin embargo otros investigadores creen que es poco probable que con apenas ocho años el tordesillano tuviera la capacidad suficiente como para iniciar su formación, y que lo hizo más tarde, entre los once y los catorce años.

También se ha apuntado que pudo profesionalizarse de la mano de Pedro de Ávila tras su llegada a Valladolid, pero algunas fuentes indican que cuando se mudó a la capital provincial este ya había muerto. Por todo ello hay quien presupone que los hermanos riosecanos de Sierra –en particular Pedro- pudieron influir en su creación. En definitiva, existen numerosos puntos de vista basados en las influencias de sus obras, al no existir suficientes referencias documentales. También hay amplio debate sobre la atribución de su autoría sobre no pocas obras a lo largo y ancho de la región. Lo que es cierto es que el tordesillano no se acomodó en el estilo de ningún escultor anterior, sino que trazó una trayectoria por un estilo muy personal y particular.

Importante papel en la Semana Santa de Tordesillas

En cuanto a la escultura procesional, Espinabete fue autor de varios pasos para las cofradías de su pueblo natal. Así, esculpió el de la ‘Flagelación’ (1766) y el de Jesús Nazareno (1768), los cuales sustituyeron unos conjuntos anteriores ya muy maltratados. En una época de esplendor para las cofradías del municipio –hasta su declive a finales del siglo- al tordesillano no le faltó el trabajo en el pueblo que le había visto crecer. Allí también existían otros referentes notables, como el restaurador Tomás Carro. A día de hoy el paso ‘La Flagelación’ permanece en la iglesia de San Pedro y se procesiona el Lunes y el Viernes Santo. Fue, en su día, pagado por la Vera Cruz. En el mismo templo permanece el paso ‘Nazareno’, restaurado en 1997, el cual se procesiona el Miércoles, Jueves y Viernes Santo. Además, a Espinabete se le atribuye el paso ‘Santo Cristo del Perdón’, el cual figura en la iglesia de San Antolín. La tercera de unas piezas que, siglos después de su creación, y con un valor artístico incalculable, siguen manteniendo vivo el legado de un tordesillano que llevó el nombre de la Villa del Tratado por infinidad de ciudades y municipios de la región.

En la imagen, Paso de La Flagelación (1766). Ubicado en la iglesia de San Pedro, es una de las imágenes religiosas más destacadas de la Semana Santa Tordesillana.