Al menos 144 vecinos fallecieron por la enfermedad, agudizada por los escasos conocimientos sanitarios, la falta de higiene y la necesidad de trabajar de los jornaleros.

Pese a que la actual pandemia parezca un fenómeno inédito, la humanidad sufrió, hace poco más de un siglo, su enfermedad más devastadora hasta la fecha. Erróneamente popularizada como ‘la gripe española’ -aunque se originó en Estados Unidos- esta enfermedad vírica mató a entre 50 y 100 millones de personas en todo el planeta. En el caso de España, Castilla la Vieja fue una de las regiones más azotadas por el virus, el cual afectaba a mucha gente joven y causó rápidamente una alerta sanitaria sin precedentes.

La primera ola de esta gripe llegó en mayo de 1918, aunque apenas causó mortalidad. Según la prensa de la época, el virus llegó a Valladolid a través de soldados portugueses, que en su ruta ferroviaria hacia el frente francés hacían parada en Medina del Campo. Así, en junio, murieron 259 personas en toda la provincia, unos datos que pasaron desapercibidos. Pero lo peor estaba por llegar aquel funesto otoño de 1918.

Durante los primeros días de septiembre, una segunda oleada propició numerosos casos en muchos pueblos. Hubo varios focos en los cuarteles militares que pronto se extendieron como la pólvora entre la población civil. La enfermedad mataba en cuestión de horas, y pronto empezaron a llenarse las esquelas. Mucha gente moría en sus viviendas, especialmente donde las condiciones sanitarias eran malas. En un principio, las autoridades eran incapaces de hacer frente a la propagación, e incluso permitieron la celebración de las fiestas patronales en la capital, en plena pandemia, para no perjudicar la actividad económica.

En medio del caos, el inspector provincial de sanidad, el doctor Román García Durán, motivó a las autoridades a tomar medidas drásticas para frenar los contagios. Así, entrado octubre, se habilitaron locales para aislar a los enfermos y se decretó el enterramiento rápido de fallecidos, sin velatorio. El doctor Román García fue uno de los pioneros en epidemiología moderna y trabajó intentando controlar la pandemia en la provincia, en una época donde existía gran incultura y desconocimiento.

Entre otras medidas, se cerraron teatros, escuelas e iglesias, suprimiéndose los paseos dominicales y estableciendo las funerarias un servicio nocturno permanente. También se recomendó el lavado frecuente de manos, y se prohibieron las reuniones y aglomeraciones públicas, suprimiendo ferias, mercados, fiestas y espectáculos en los pueblos. Estos últimos eventos causaban gran desazón al inspector de sanidad, quien registra en sus escritos cómo en Pozal de Gallinas “una corrida de novillos provocó 500 contagios y 11 muertes”, o en Olmedo se votó a favor de celebrar una feria taurina sin contar con medios de aislamiento y atención a los enfermos. “¿Puede darse mayor grado de incultura sanitaria en un pueblo?”, se lamentaba García Durán, quien denunció la falta de higiene y médicos y las malas condiciones sanitarias que justificaban la gran mortandad en el entorno rural.

Las más afectadas fueron las clases bajas, quienes vivían “hacinados y desnutridos”, y muchos se salvaron gracias a la gran labor de los médicos rurales, personas anónimas que dieron literalmente su vida. En concreto, seis facultativos de varios municipios murieron víctimas de la enfermedad tras exponerse al virus, recibiendo después un solemne funeral en la catedral vallisoletana. Con todo, los tratamientos que se aplicaban eran, en muchos casos, remedios populares y aspirinas, a veces en dosis tan elevadas que resultaban ser tóxicas.

En el caso de Tordesillas, que contaba por entonces con 3.669 habitantes, según el historiador Jesús López Garañeda, y echando mano del Registro Civil, solo en octubre de 1918 se contabilizaron 60 defunciones, y en total, a lo largo de ese mismo año, las muertes ascendieron a 144. “La causa de la muerte se reflejaba como “infección gripal; gripe; bronconeumonía o insuficiencia gripal”, apunta el historiador, quien subraya las jóvenes edades de los fallecidos.

Vacas lecheras como medida para combatir la pandemia

Según explica Garañeda, ante aquella situación de mortandad, especialmente de niños, la corporación municipal de Tordesillas, reunida de urgencia el 4 de octubre, decidió adquirir vacas de leche “para proveer las necesidades del vecindario”. Así, se compraron dos vacas para repartir su leche, “porque entendían que sus propiedades terapéuticas y vitamínicas estaban más que contrastadas para mejorar la salud de la población infantil”, apunta el historiador.

Las necesidades de los jornaleros

Para entender en qué situación vivía la sociedad tordesillana a principios de siglo, basta con bucear en las páginas de las crónicas de José Borrás, quien realizó un amplio reportaje de cómo era la Villa del Tratado en 1903. El escritor explica que la mayor parte de la población se dedicaba a la agricultura de secano, formando una “masa jornalera” que trabajaba de sol a sol para poder ganar una peseta al día, si las condiciones meteorológicas lo permitían. En esta situación, las clases más acomodadas o La Caridad surtía a los llamados ‘caínes’ de alimentos o de un socorro diario en caso de enfermedad. La necesidad era acuciante en viviendas donde se hacinaban, en ocasiones, familias con hasta diez niños durmiendo juntos.

Antes de llegar la gripe de 1918, Tordesillas carecía de limpieza municipal: las calles no se lavaban más que con la lluvia y tenían pozos negros que a menudo eran focos de enfermedades. “La desinfección de viviendas y la prohibición de animales domésticos en ellas es letra muerta”, apunta Borrás, quien señala que apenas estaba arraigada la vacunación obligatoria. Así, ya antes de la pandemia la mortalidad era alta por la falta de higiene. “Se cree que el lavadero público era un punto donde se contagiaba la tuberculosis”, señala el cronista, quien sin embargo afirma que ya existían en el municipio tres médicos de beneficencia y tres elegantes farmacias.

Con un presupuesto municipal cercano a las 60.000 pesetas de la época, poco podía hacer entonces el Ayuntamiento para paliar los problemas de una pandemia tan severa. En aquella ocasión, la necesidad de salir al campo para alimentar a las familias era prioritaria, sin existencia de ayudas de ningún tipo, lo que unido a estas precarias condiciones de vida, propició los contagios hasta que la inmunidad natural se hizo presente y cesaron las muertes.

A lo largo de 1918 fallecieron, según García Durán, en toda la provincia, 3.072 personas, registrándose más de 100.000 casos de la enfermedad. Valladolid estuvo entre las 13 provincias españolas más afectadas por este virus, que acabaría remitiendo al inmunizarse la mayor parte de la población. Eso sí, con unos costes humanos y sanitarios catastróficos.

En la fotografía principal, imagen de la época en la Plaza Mayor de la Villa. En la parte inferior, celebración de un encierro en los años de la pandemia en la cuesta del Empedrado. En aquellos tiempos, la enfermedad no impidió la celebración de festejos tradicionales en diversos pueblos de la provincia. Fotografías facilitadas por el grupo fotográfico de Tordesillas ‘Ayer y Hoy’.