Durante el invierno de 1808, el emperador francés se hospedó en el Monasterio de Santa Clara. Allí se entrevistó con María Manuela Rascón, la abadesa que se ganó la confianza del hombre más poderoso de Europa, salvando así de la muerte a tres vecinos y logrando un botín que entregaría a la guerrilla. El historiador Mariano García profundiza en este importante episodio histórico de la localidad en su último trabajo, ‘Napoleón y la Abadesa de Santa Clara de Tordesillas’.

Debido a su importancia geoestratégica, Tordesillas fue, durante la Guerra de la Independencia, un importante objetivo militar. Ello llevaría a su ocupación, por parte del ejército francés, durante nada menos que cinco años, un periodo de gran sufrimiento para los tordesillanos, que se vieron obligados a hospedar y abastecer a las tropas galas, sufriendo incontables atropellos. En esta etapa de la historia se ha especializado el historiador Mariano García, quien tras licenciarse en Geografía e Historia ha dedicado años de investigación al transcurso del siglo XVIII en la Villa del Tratado.

Su último trabajo, ‘Napoleón y la abadesa de Santa Clara de Tordesillas’ fue presentado el pasado mes de junio, y supone un análisis pormenorizado de uno de los capítulos  más interesantes de la historia contemporánea de Tordesillas: el encuentro entre el emperador francés y la abadesa María Manuela Rascón.

Para conocer este episodio debemos trasladarnos al invierno de 1808, cuando, ante la situación militar desfavorable que se vivía en España, Napoleón en persona decidió trasladarse a Madrid. Tras bucear en los archivos históricos durante ocho años Mariano García explica que la llegada de Napoleón a Tordesillas fue fruto de una persecución. “Estaba persiguiendo a un ejército inglés comandado por John Moore, que había cruzado desde Portugal para cortar los suministros a los franceses”, afirma García, quien destaca que los galos llegaron a Tordesillas con nada menos que 70.000 hombres de infantería, 5.000 de caballería y 200 piezas de artillería. Este gran ejército debía pasar por el puente de Tordesillas para dar alcance a los británicos, que habían huido en dirección a León. Las complicaciones a la hora de cruzar el puente obligarían a Napoleón a hospedarse, junto con su estado mayor, en la localidad.

Para ello eligieron el mejor lugar: el Monasterio de Santa Clara, para lo cual hubo de evacuar las celdas de las monjas. Si bien el lugar estaba eximido del deber de aposentar tropas, la autoridad de Napoleón estaba por encima del Papa, un privilegio que no solo usó para acomodar a sus hombres, sino que además utilizó para exigir una entrevista con la abadesa del lugar, María Manuela Rascón. Con 75 años de edad y un vasto poder político, social y económico la abadesa tuvo que interrumpir su clausura para recibir al emperador. Tal y como cuentan las crónicas, llevaba 35 años encerrada, con lo cual llegó incluso a desmayarse por la impresión al ver a aquellos militares. Para Napoleón, que era consciente del estatus social de la abadesa, la cita serviría para tratar de atraerla hacia la causa revolucionaria que encabezaban los galos.

Un café y una concesión

A pesar de que el clero de la época prefería el chocolate -un producto que curiosamente fue desaconsejado durante algunos años por sus supuestas propiedades afrodisíacas- Napoleón tendió una taza de café a la abadesa, la bebida preferida del emperador. Como arma para atraerla hacia su causa, el líder francés sugirió nombrar a María Manuela Rascón con el título de Abadesa Emperatriz, un gesto con el que, según Mariano García, “pretendía tocar su vanidad “. Sin embargo, para el clero español el francés era “el diablo personificado”, y la abadesa supo jugar sus cartas; así, fingiendo una ingenuidad desmedida, preguntó a Napoleón sobre sus condecoraciones de guerra.

Su actitud le hizo ganarse la simpatía del emperador, que se ofreció a cumplir sus deseos, fueran cuales fueran. La abadesa aprovechó la oportunidad y le pidió que liberasen a tres hombres que habían sido detenidos y condenados a muerte por servir como espías a la guerrilla. La religiosa logró incluso que Napoleón firmase un salvoconducto para que las tropas respetasen el monasterio y sus propiedades. En vista de que en las fuerzas galas habían saqueado otros conventos -e incluso violado a sus monjas- el gesto fue realmente valioso. A causa de la fingida simpatía que se había establecido entre el francés y la religiosa, el primero entregó, antes de marcharse, un botín de 1.000 francos de oro a la abadesa, sin sospechar en absoluto que dicho dinero sería entregado secretamente a la guerrilla para la compra de armas y municiones.

“Por muchos halagos que prestase, la abadesa supo capear la situación con mucha diplomacia y bastante suerte”, afirma Mariano García, quien sostiene que, aunque la religiosa aceptase el título de Abadesa Emperatriz, era sabida su aversión contra los franceses y el apoyo a sus convecinos, los guerrilleros que los combatían. Según el historiador, la entrevista tuvo además cierto impacto sobre Napoleón, quien, años más tarde, y una vez en Francia, se planteó organizar monasterios similares al de Tordesillas para acoger a las viudas de los altos mandos del ejército francés muertos en acto de servicio. Aunque finalmente el proyecto no se llevaría a cabo, esta intención pone de manifiesto, según el historiador, que en el emperador había calado la impresión que se llevó de Tordesillas.

A pesar de la marcha de Napoleón, los vecinos del municipio, que por entonces contaba con apenas 2.500 habitantes, sufrieron la invasión durante cinco años más, durante los cuales “el pueblo quedó totalmente desolado”. La obligación de aprovisionar a las tropas francesas que estaban de paso, de camas, alimentos y madera, arruinaron la economía local, e incluso arrasaron el barrio de la judería, cuyas casas quedaron arrasadas para aprovechar la madera como combustible.

En la imagen, fotograma de la serie de RTVE ‘El Ministerio del tiempo’, que recreó el episodio acontecido en Tordesillas.