Estas siete construcciones de origen medieval permitían producir harina transformando en energía la fuerza del cauce mediante distintas ruedas hidráulicas

La Edad Media estuvo marcada en la península ibérica por la llegada de inventos o artilugios que reducían la presencia de fuerza humana en la producción del trabajo. Las aceñas supusieron un gran avance tecnológico en una época en la que solo existían molinos basados en la fuerza animal y humana. Arraigadas a lo largo del cauce del Duero, estos molinos harineros usaban la fuerza del cauce del río para obtener energía a través de una rueda hidráulica. Fueron los musulmanes quienes, durante su presencia en la península, difundieron la rueda de eje horizontal o vitruviana como medio de aprovechamiento del agua. Ello, sumado a la fuerte corriente del Duero, favoreció la construcción de estas instalaciones en Tordesillas, que por entonces ya era un importante núcleo urbano y cabeza de comarca.

Las aceñas ubicadas entre Tordesillas y Zamora constituyen uno de los más importantes y valiosos conjuntos de patrimonio preindustrial de la región. Gracias a su privilegiada ubicación, permitían un rendimiento muy ventajoso, aprovechando una energía gratuita, erigiéndose en verdaderas instalaciones de transformación de cereal en harina, las cuales funcionaron durante siglos, gracias a las pesqueras.

La construcción de las aceñas conllevaba un elevado coste, puesto que no era nada sencillo construir en pleno cauce del río. Eran los constructores de las catedrales y los puentes de la época quienes ingeniaban estas pequeñas ‘fábricas’ de harina, edificadas gracias a robustos cubos de piedra. El agua pasaba hasta el molino a través de un canal artificial, llamado ‘cacera’ o ‘chorro’, golpeando el rodezno, la rueda hidráulica, que estaba situada bajo el piso del edificio, y hacía girar una muela (piedra volandera) que giraba sobre otra gran piedra (molandera).

Dentro de este sencillo edificio se situaba la sala de molienda, donde se trabajaba triturando el grano. Este se dosificaba gracias a un ingenioso sistema denominado ‘triqui-traque’, que utilizaba el movimiento del eje mediante una rueda dentada. Su utilización requería ciertos gastos de reparación y limpieza de sus transmisiones, ejes y aspas. Para su funcionamiento se precisaba de una maquinaria compleja, con un número fijo de operarios. La figura del artesano molinero derivó, con los años, en todo un cuerpo de trabajadores, entre quienes figuraba el maquilero, el aprendiz o el oficial, amén del ‘maestro de aceña’.

Al encontrarse a merced de las crecidas, los edificios requerían de un mantenimiento constante. Esos gastos, inasumibles por entonces por las gentes llanas, derivaron en que fueran los clérigos, señores o nobles, los propietarios y gestores de las mismas, en las que había que pagar cierto tributo, en forma de grano, y bajo el nombre de ‘maquila’, para su utilización.

La importancia y auge que en otro tiempo tuvieron las aceñas queda expresado por el gran número de estas edificaciones construidas a lo largo del cauce. En Tordesillas, en un tramo de aproximadamente seis kilómetros, se localizan siete: La Peña, Puente, Postigo, Osluga, La Zafraguilla, La Moraleja y la Aceña del Herrero, convertida en la actualidad en central eléctrica.

La construcción molinera de La Peña se sitúa muy próxima a la Ermita. Un elevador permitía el transporte de materiales, pues el único acceso es a través de un estrecho sendero que solo permite el paso de personas. Bajo el puente de Tordesillas, en los arcos más alejados del municipio se ubicaba la Aceña del Puente. Es de los pocos ejemplos de este tipo de construcciones presentes en la región. Su singularidad radica en que se aprovechaban las pilas del puente como cuerpos, emplazando las ruedas de las palas entre sus tajamares.

La del Postigo se sitúa en la orilla derecha del río a su paso por Tordesillas. También conocida como el Molino de San Lázaro, sus muros de piedra le confieren un aspecto de fortaleza anclada al caudal. La Aceña de Osluga era la única que contaba cuatro cuerpos, lo que la convertía en la mayor de todas las del entorno. Se encuentra en un enclave próximo al puente de la autovía de Salamanca, a unos dos kilómetros aguas abajo. Poco más de un kilometro después se encuentra la de la Zafraguilla, la aceña mejor conservada. Se utilizó hasta mediados del siglo XX, manteniendo dos ruedas de paletas.

La Aceña de La Moraleja está presente en diversos documentos históricos. Se tiene noticias de ella desde 1468, cuando Ruy Gonzales junto con Pedro Lopes de Calatayud compraron las tres aceñas de La Moraleja. Además, se cita en el censo del Marqués de la Ensenada, dentro del conjunto de molinos y artefactos a los que este hace referencia. Su importancia y cotización queda demostrada, ya que, en 1474, el almirante de Castilla la vende por 1.125.000 maravedís, cuando seis años antes había sido adquirida por 770.000, lo cual prueba la enorme revalorización de la industria molinera, que era ya objeto de rentables operaciones especulativas en el siglo XV.

Por último, la Aceña de Herreros, de la que nada queda hoy en día, pues actualmente alberga una central hidroeléctrica en la que ya no se reconocen las estructuras que conformaron la aceña, se ubica seis kilómetros aguas abajo de Tordesillas.

A partir del año 1750, el aumento del precio del trigo, entre otros factores, favoreció que, poco a poco, estos molinos harineros fueran desapareciendo paulatinamente en la vieja Castilla. Pese a todo, en muchos lugares siguieron siendo utilizados, con un cariz más moderno, y orientados a la producción de energía eléctrica, hasta hace cuatro o cinco décadas, o en el caso de la aceña de Los Herreros, reconvertido en central energética, hasta la actualidad.